Cuando la ignorancia vence a la información

Por Redacción UH

Randa Hasfura Anastas.

Para estar en pleno siglo XXI, hay todavía muchísima ignorancia, y resulta paradójico si consideramos lo avanzada que está hoy la circulación de la información. Vivimos en una era de globalización casi perfecta: lo que sucede en China se conoce en el Medio Oriente, en Europa y en América prácticamente al mismo instante. Las noticias cruzan continentes en segundos, los debates se hacen virales en minutos y el acceso al conocimiento nunca había sido tan amplio.


Y, sin embargo, persisten prejuicios tan básicos como peligrosos. Para ir directo al punto: existen cristianos árabes y musulmanes europeos. Entonces, ¿por qué seguimos confundiendo religión con origen étnico o nacionalidad? ¿Por qué para muchos “árabe” sigue siendo sinónimo automático de “musulmán”?.


Varias veces escuché frases como: “uy, es árabe, entonces tiene que ser musulmán”. Esa afirmación, tan repetida como equivocada, revela una simplificación extrema de realidades culturales, históricas y religiosas profundamente diversas.


El mundo árabe, por ejemplo, alberga comunidades cristianas desde hace dos mil años. En países como Palestina, Líbano, Siria, Egipto o Jordania existen iglesias antiquísimas, anteriores incluso a muchos Estados europeos modernos. Los cristianos árabes no son una excepción reciente: son parte fundacional de la historia del cristianismo, son el ORIGEN.


Conviene recordar que el cristianismo no nació en Europa. Nació en un punto muy concreto del Medio Oriente: en Palestina. Jesús, sus apóstoles y los primeros discípulos eran semitas, hablaban arameo y vivían bajo ocupación romana. La expansión del cristianismo se dio inicialmente en Asia y el Mediterráneo oriental, no en Occidente.


San Pablo, figura clave en esa expansión, viajó a ciudades como Antioquía, Éfeso, Corinto, Filipos, Tesalónica y Roma. Fueron estos centros urbanos del mundo grecorromano los que permitieron que el mensaje cristiano se difundiera progresivamente hacia Europa.


Es decir, Europa no fue cuna del cristianismo, sino “territorio evangelizado”. De hecho, durante siglos el Imperio Romano persiguió a los cristianos antes de finalmente adoptar la religión en el siglo IV. Fue esa estructura imperial que tenia Roma (con sus caminos y puertos) la que facilitó la expansión del cristianismo por el continente europeo.


Por eso resulta curioso que hoy, desde ciertos sectores de Europa o América, se mire al Medio Oriente como si fuese ajeno o incompatible con el cristianismo, cuando en realidad fue su punto de origen. Del mismo modo, el islam no es una religión exclusivamente árabe. Es una fe global. Indonesia es el país con más musulmanes del mundo y no es árabe. Hay millones de musulmanes en Francia, Alemania, Reino Unido, Rusia, China, los Balcanes y América Latina. Ser musulmán no define un idioma ni una nacionalidad.


La islamofobia nace precisamente de esta ignorancia: de reducir personas complejas a estereotipos simples. De asociar una religión con violencia, atraso o fanatismo, ignorando que más de mil quinientos millones de musulmanes viven su fe de formas tan diversas como los propios cristianos o judíos de cualquier otra tradición.


Europa suele recordar con orgullo su papel en la evangelización de América. Pero rara vez se menciona que ella misma fue evangelizada, y que esa fe llegó desde tierras hoy mayoritariamente musulmanas o árabes.


La historia es más entrelazada de lo que los discursos simplistas permiten ver. Por eso hoy más que nunca, existe algo urgente en este planeta: reconocer la humanidad del otro, entender la historia y aceptar que el mundo no cabe en etiquetas rápidas. En tiempos de información instantánea, la ignorancia ya no es excusa. Es una elección.